Pablo Berger vuelve a componer un
retrato magistral de la España cañí, esta vez usando una paleta encendida que
se regodea en la atmósfera kitsch en la que viven sumidos sus protagonistas,
habitantes del extrarradio madrileño. Las imágenes son hipnóticas, como el hilo
conductor de la película. Como espectadora, me dejé transportar y disfruté
hasta que llegó el momento de cerrar la historia y me quedé con la pena de
sentir que se desmoronaba, que se esfumaba su brillante estela. No ha sabido engranar la carga de
crítica social que contiene con el universo de fantasía y se rompe recurriendo a una metáfora poco
lograda.
Excelentes son todas las
interpretaciones, desde las de los tres protagonistas, Maribel Verdú, Antonio
de la Torre y José Mota, hasta las de todos los secundarios, Julián Villagrán
consigue un momento delirante al contarnos el crimen de Carabanchel y José
María Pou enciende la pantalla con cada una de sus apariciones.
Emilio. Es una comedia negra, conscientemente basta y hortera. Tal vez somos así. Berger ha hecho otro retrato en oscuro, casi costumbrista, de la España cañí, machista y vulgar. Como es un gran director, sabe narrar la historia perfectamente, con cortes precisos y un gran montaje. Otra cosa es la parte onírica, ese sueño final en blanco inmaculado por el que queda liberada la oprimida mujer. Esa parte no termina de encajar bien con todo lo anterior. Es un poco un salto al vacío y queda regular. Los actores, todos, estupendos.