Lo que opina Ana:
Estupendo guión y dirección de actores, los niños protagonistas hacen creíble esta historia llena de matices, de contrapuntos que la van enriqueciendo hasta llegar al momento cumbre en el que tiene que producirse el milagro por el que han estado luchando; lo que llega entonces es un momento mágico en el que las imágenes son capaces de sintetizar todos los sueños que explotan al unísono y se desvanecen con rapidez, para quedar sometidos a la implacable realidad que obliga a los niños a madurar.
Se retrata un Japón superpoblado, agresivo con la naturaleza, lleno de cicatrices, cables, vías, ciudades despreocupadas de su estética, pero en el que los niños se mueven sin peligro y en que la escuela juega un papel integrador esencial.
Emilio: Probablemente sea la película más entrañable (y recomendable) de los estrenos recientes. Puede, como escribe Javier Ocaña, que tenga un metraje un poco largo en el desenlace, pero el final redondea y da altura a un relato que ha ido desarrollándose paulatinamente, enseñándonos la vida de esos dos hermanos que viven en ciudades separadas. Koichi, el mayor, vive en Kagoshima, al lado del volcán humeante y molesto porque sus cenizas ensucian todo. Al principio de la película Koichi se pregunta cómo se puede vivir en una ciudad así, y al final, en la imagen con la que se cierra la película, ya ha aceptado esa presencia y se moja el dedo índice, como su abuelo, para saber cuánto polvo va a caer y de qué lado va a venir. Esa toma simboliza que ha comprendido su situación y la de la gente que le rodea. Es perfecta. El hermano menor, Ohshiro (que también lo es en la realidad) vive en una ciudad más grande, Futuoka, al norte de la misma isla, Kyushu. Es simpatiquísimo, pero sabe cuál es su papel y lo cumple, porque vive con su padre, un músico que va de aquí para allá con su guitarra, y el que lleva el control de la casa es el hijo. Los hermanos quieren volver a estar juntos, pero el recuerdo de la separación de sus padres es doloroso. Esperan un milagro, el que se producirá cuando dos trenes bala, que van de una ciudad a la otra, se crucen y ellos digan su deseo. Para Javier Ocaña, el momento en el que los anhelos están preparados para que los trenes se los lleven, es un prodigio. Muchas cosas se ven en esta película: el papel de la educación, el mundo curioso y extravagante a veces de los mayores, la densidad demográfica asfixiante pero limpia de Japón. Kore-Eda es un maestro en rodar con niños.
